|
Tenía un caso severo de antojos. Era una tarde en la que quería helado de galleta, pero uno particular que tiene grandes trozos de galleta de chocolate. Mi carro estaba en el taller y trabajaba desde mi casa sin forma de transportarme, y con unas terribles ganas que no podía satisfacer.
 Buscando una alternativa más sana, pero dulce, escogí una bolsa de uvas del refrigerador. Había comido 3 ó 4 antes de notar que algunas ya tenían moho. “¿Hace cuánto he tenido esto en mi casa?” pensé.
Como ya eso no lo podía comer, busqué entre mis víveres algo bueno qué saborear, pero nada parecía quitar ese mantecado de mi mente.
¿Le ha pasado algo así? ¿Tener un deseo tan fuerte que no se iría hasta satisfacerlo? Mi insaciable anhelo de este dulce me recuerda a otro tipo de antojo que suelo sentir… viene desde mi alma.
En un reciente culto religioso se habló de Hebreos 11, conocido como el “capítulo de fe”. El expositor se concentró en el verso 6: “En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan”. Para mí esto es un “antojo” de Dios.
Un antojo es un deseo vivo, que no sólo se refiere a la comida. Hay algunos antojos que pueden ser comprados fácilmente, si lo queremos. A veces deseamos algo que no podemos adquirir por nosotros mismos: un empleo, un cónyuge, un bebé. Al contrario, en estos casos esperamos que Dios los provea por nosotros. A veces, aun cuando lo recibimos, nos sentimos insatisfechos porque no salió “perfecto” cómo lo imaginamos. Un escenario similar es lo que me lleva a tener antojos en mi alma. Hay momentos cuando me encuentro a mí misma anhelando más de lo que la vida me ofrece. Amo mi trabajo, mi pareja, mis amigos y mi iglesia. Vivo una vida plena pero algo dentro de mí se desanima. Eso es cuando puedo oír el susurro de Dios decirme: “Lo haces de nuevo”. “¿Qué, Señor?” le pregunto. “Estás llenando mi lugar con otras cosas”, es su respuesta. Eso dolió, pero es cierto. A veces busco llenarme en otras áreas de mi vida antes de saber qué me falta. Permito que preocupaciones terrenales me desvíen de pasar tiempo con mi Salvador. Sin ese tiempo a solas con Él, siempre sentiré que algo me falta.
|