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Mi hermano solía odiar a mi esposa. Y cuando digo eso, es en serio. Él la adoraba antes de que nos casáramos; pero cuando anunciamos nuestra nueva fe en Dios y nuestro compromiso, él dio a entender sus sentimientos de desagrado hacia ella y nuestras decisiones. Nos decía palabras obscenas; y aunque asistió a la boda no se refirió a nosotros en ningún momento.
 Escoger entre mi hermano y la mujer que Dios me dio, fue lo más difícil e hiriente que he tenido que enfrentar. Tenía a dos personas a quienes amo con todo el corazón: el hermano que había conocido y amado toda la vida, y la mujer que ama a Dios y había capturado mi corazón. No era fácil decidir entre ellos.
Luego de muchas lágrimas, oración e ira, escogí a mi esposa. Me casé a pesar de la oposición. Aunque estaba confundido y dolido, decidí poner mi confianza en que Dios era el centro de mi vida y mi matrimonio, y que estaba tomando la decisión correcta aun si esto era perder a mi hermano por siempre.
Los versículos que leí durante este tiempo eran Mateo 10:35-37, que hablaba acerca de la división de madre e hija, padre e hijo, y la necesidad de hacer de Cristo prioridad aun entre mis familiares.
Pero lo que más me impactó fue el verso 39, porque dice: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.”
En humildad tuve que decirle al Señor que realmente estaba perdiendo una gran parte de mi vida por Él, y que necesitaba su ayuda.
Les comparto el testimonio:
Luego de un año y medio de casados, y haber visto cómo Dios nos estaba prosperando, mi hermano cambió de parecer. Él perdió toda hostilidad y me contó lo temeroso que estaba que yo había cometido una decisión radical y que le era difícil dejarme ir. Incluso se disculpó (cosa que no hace) con mi esposa y yo. Hoy, ella y él comparten más que yo mismo logro hacerlo con él. Constantemente me dice lo feliz que está de tenerla como su cuñada y que ella es lo mejor que me ha sucedido a mí.
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