Muchos de nosotros hemos pasado algo similar en nuestra relación: sintiéndonos desmotivados, quizás preguntándonos “¿cómo llegamos hasta este punto?”. Jonathan y Margarita estaban en ese punto. Semanas atrás, él dijo que ya no la amaba luego de 10 años de matrimonio. Margarita fue quien decidió llamar.
Jonathan empezó a relatar un breve resumen de su relación. “Obviamente buscamos un milagro” dijo, “Nos amamos en algún momento, pero parece que nuestras peleas nos han quitado algo. No sé si me queda algo para darle a Margarita, por eso ella le llamó”. En eso su esposa empezó a llorar, y Jonathan continuó: “Hemos tenido mucho conflicto, Doctor. No tengo muchas esperanzas, pero accedí a intentar esta última cosa”.
Traté de motivarles, diciendo que luego de haber venido de tan lejos a ver a un desconocido, había todavía una llama dentro de ellos que no se daba por vencida. Pero ninguno me pudo dar una mirada de confianza. Seguí, y les dije que no tenía trucos pero sí teníamos sus pequeños deseos y la promesa de Dios de estar con nosotros. Eso pareció desmotivarlos aun más; querían más que vagas promesas.
Quizás usted se encuentre en la misma posición que Jonathan o Margarita. Por eso, le quiero compartir lo mismo que les dije a ellos:
1. Definir el problema es resolver el 50% de la situación.
Si unimos nuestras fuerzas podemos descubrir qué problemas llevaron a Jonathan a su decisión. Decidimos atacar el enemigo común: sus problemas. Esto quitó el enfoque de atacarse mutuamente.
2. Si es predecible, se puede prevenir.
Les dije que luego de que descubriéramos los problemas que los separaban, podríamos ver cómo estas situaciones se repetían en sus vidas. Así determinar exactamente cuándo hubo problemas, dónde ocurrieron y qué hizo que continuaran. Al poder predecir el dónde y el cuándo, podríamos cambiar los patrones.
3. Si sacamos las hierbas y plantamos semillas, cualquiera puede tener un jardín.
Después de definir sus problemas y determinar cuándo y dónde se daban, pudimos eliminarlos sistemáticamente. Identificamos patrones de interacción que eran hirientes, y accedimos a cambiarlos. También descubrimos tácticas de distanciamiento, y las cambiamos. Tomaría tiempo, pero era posible lograrlo. Si ellos plantan semillas positivas de gracia, bondad y afecto en lugar de sarcasmo, ira y comentarios hirientes, algo hermoso crecerá.
Podía ver que Jonathan y Margarita se comenzaron a interesar. Pero todavía debía compartirles algo más acerca del reto de cambiar. El cambio nunca es fácil, y cualquier cambio que vale la pena requerirá más de usted. Entonces hablamos de algunos principios del cambio y cómo empezar a procesar cambios positivos en su matrimonio. El cambio requerirá lo siguiente:
· Una decisión clara y comprometida. En el caso de esta pareja, ellos se comprometieron a sacar las hierbas y plantar semillas. Jonathan se comprometió a intentarlo durante 90 días.
· Disposición para cambiar. Tanto Jonathan como Margarita accedieron a escucharme y prestar atención a la voz de Dios.
· Un compromiso a la honestidad. No podía haber golpes en esta etapa del juego. Ambos estuvieron de acuerdo en compartir sus sentimientos y pensamientos con honestidad, ser humildes al responder a la sinceridad del otro, y aunque algunas cosas fueran duras para oír, la sanidad sólo podía ocurrir con la verdad.
· Ser valientes. El crecimiento no es para los cobardes. Jonathan y Margarita aceptaron seguir adelante; con valentía aclararíamos sus problemas, tomaríamos control donde fuera apropiado y entraríamos en el cambio.
· Estar anuentes a perseverar. La jardinería tomaría esfuerzo diario, y ambos aceptaron participar con mucho esfuerzo durante los próximos 90 días.
· Enfocarse en el poder e instrucción de Dios. Discutimos la importancia de no depender de la sabiduría del hombre, pero escuchar cuidadosamente la voz de Dios.
“La sabiduría de este mundo es insensatez ante Dios…” (I Corintios 3:19ª)
Albert Einstein dijo que no podemos resolver un problema con la misma mente que lo creó.
Jonathan y Margarita se emocionaron más con cada paso del proceso. Ya que se trataba de sus problemas, no me sorprendió que se sintieran más conectados y llenos de esperanza al compartir honesta y cariñosamente el uno con el otro.
Ellos salieron adelante, pero mejor aun, con la ayuda de Dios reconstruyeron su matrimonio. Han seguido sacando hierbas y plantando semillas, y hoy disfrutan un jardín vibrante y hermoso.









La pareja que estaba sentada en frente mío, había viajado una larga distancia. Su matrimonio estaba roto y, esperaban que una sesión de consejería profunda mejoraría su relación.





