¡Qué alegría si un camión nos hace la caridad de pasar por ahí en ese momento y contaminar sónicamente, con mayor intensidad que nuestra lengua, el ambiente! Pero eso casi nunca sucede. Nuestro interlocutor, llámele esposa, amigo, pariente, vecino, compañero de trabajo, desconocido, etc., sentirá de inmediato la ponzoña de nuestra lengua. La respuesta, probablemente, sea tan o más hiriente que las palabras que la antecedieron.
¿Quién dice que la violencia usa solo los puños? Estoy convencido de que las palabras realmente son filosas como espadas. Lo sé porque, quizás igual que usted, me ha tocado no solo decir palabras hirientes, sino también recibirlas. Entonces me pregunto: si todos sabemos cuando metemos la pata con nuestra boca ¿por qué lo seguimos haciendo?
Peor aún es cuando nuestra tendencia a hablar de más se convierte en algo tan rutinario que guía nuestra vida. Santiago compara la lengua con el timón de un barco. Es pequeña, pero lleva al navío por su ruta. Entonces, aplicado a nuestra vida, la lengua nos puede ayudar a caminar por el camino de bendición que Dios tiene para usted y para mí. También nos puede apartar de él. Y es entonces cuando la situación que explico se vuelve alarmante.
Muchas veces no reparamos en esto cuando hablamos con nuestros hijos pequeños. Le cuento una experiencia personal. Hace unas semanas, Daniel (mi hijo mayor, de casi cuatro años) volvió a incurrir en una conducta que, previamente, le habíamos advertido como contraria a las reglas de la casa. Tiró un objeto dentro de la taza del inodoro. Como ya se lo habíamos dicho muchas veces antes, me enojé con él. Lo regañé y, en mi molestia, le dije que era un desobediente. De inmediato, sentí el ya característico dolor de lengua que acompaña las palabras dichas a la ligera.
Ese día, la actitud de mi hijo hacia mí cambió. Estaba triste y callado. Pasó todo el día retraído y no disfrutó del tiempo que compartimos juntos como familia. En mis adentros, yo sabía que su actitud tenía relación con las palabras que había dicho. Más tarde, en oración, entendí la magnitud de mis palabras. Al día siguiente, cuando iba a bañar a Daniel, le pedí disculpas y le dije claramente que él no era un desobediente, que era un niño bueno e inteligente y que lo amaba con todo mi corazón. Su reacción fue un hermoso abrazo. Sentí que le había quitado un peso de encima. No recuerdo una sola vez en que haya incurrido en esa conducta nuevamente.
A palabras como “desobediente”, los expertos las llaman etiquetas y advierte, sabiamente, contra ellas. En la Biblia, encontramos un respaldo a la obligación de evitar tales etiquetas.
“La lengua que brinda consuelo es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime el espíritu” Proverbios 15:3-4. Por insidiosa, entendemos algo dañino que parece inofensivo.
¿No les parece similar esta descripción lo que sucedió con mi hijito? Por supuesto. En Colosenses 3:21 se nos enseña así: “Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que de desanimen”. Entonces, para cumplir con nuestro deber de criar a nuestros hijos según la disciplina e instrucción del Señor, debemos cumplir con evitar, a toda costa, las etiquetas porque, como vimos, son dañinas.
Por eso, hay una oración que debemos agregar a nuestras conversaciones con el Padre. Está en Salmos 141:3: “Pon guarda a mi vida, Jehová; guarda la puerta de mis labios” Esto resulta particularmente útil en nuestra vida como padres, en el proceso de crianza de nuestros hijos.
Aprovechemos el don que Dios nos dio con el habla para bendecirlos. De esa forma, el dolor de lengua se transformará en regocijo de espíritu.









Quizás a usted la lengua le haya jugado, como a mí, malas pasadas. Si es así, usted entenderá de lo que le hablo. A veces, uno abre la boca y dice algo que, casi de inmediato, activa una casi siempre dolorosa pregunta: ¡¿Qué fue lo que dije?! Vienen, entonces, la culpa, la angustia, el remordimiento. Realmente es una sensación incómoda. Yo la llamo dolor de lengua.




